Cómo tener buen gusto para vestir: de Bourdieu a tu armario

Cómo tener buen gusto para vestir: de Bourdieu a tu armario

El buen gusto no se nace: se aprende, y casi siempre se aprende de quien manda. Qué es el buen y el mal gusto en moda según Bourdieu y cómo cultivar un gusto que sea de verdad tuyo.

22 de octubre de 2026

Redacción DModa, a partir de un vídeo del Club DModa

Forma parte de la guía de estilo personal: Cómo definir tu estilo personal: guía paso a paso

Cómo tener buen gusto para vestir empieza por una sospecha: el buen gusto no es innato ni universal, es el gusto que una élite impone en cada época. Sabiendo eso, tenerlo no consiste en copiar sus códigos, sino en mirar mucho, preguntarte por qué te gusta lo que te gusta y editar tus looks hasta que digan algo tuyo.

¿Qué es el buen gusto en moda?

El buen gusto en moda es el conjunto de preferencias estéticas que una sociedad considera correctas en un momento y un lugar concretos: qué colores, qué cortes, qué materiales y qué combinaciones «quedan bien». La palabra clave es considera. No hay una ley de la armonía que decida que el camel es elegante y el fucsia con lentejuelas no; hay un acuerdo social, y ese acuerdo cambia.

En el Club DModa defendemos que entender esto es el primer paso para vestir con criterio. Mientras creas que el buen gusto es una cualidad que unas tienen y otras no, solo te quedan dos opciones: imitar a quien parece tenerlo o resignarte. Cuando entiendes que es una construcción social, aparece una tercera: aprender sus códigos, saber de dónde vienen y decidir cuáles usas y cuáles no. Ahí está la diferencia entre tener buen gusto y tener un gusto propio, que es lo que de verdad se nota en un look.

Buen gusto y mal gusto según Bourdieu

El sociólogo francés Pierre Bourdieu publicó en 1979 La distinction. Critique sociale du jugement (Éditions de Minuit), que Taurus publicó en España en 1988 como La distinción. Criterio y bases sociales del gusto. Su tesis incomoda: el gusto no es innato, sino el resultado de la posición social, la educación y el capital cultural. Y lo que llamamos buen gusto es, sin más, el gusto de la clase dominante.

Al imponer sus preferencias como normas universales, las élites consiguen dos cosas a la vez: legitimar sus hábitos y descalificar los de los demás. Quien tiene menos capital, cultural y económico, suele aceptar esa jerarquía como algo natural. Para explicar la diferencia entre unos gustos y otros, Bourdieu habla de la distancia de la necesidad: las clases populares tienden a valorar lo práctico y lo funcional, porque viven cerca de la necesidad; las altas consideran elegante lo que se aleja de ella. María José Pérez lo ilustra con la jerarquía de necesidades de Maslow (1943), la célebre pirámide: si no tienes cubiertas las necesidades básicas, nadie se plantea la autoexpresión ni la estética.

Por qué el buen gusto cambia con cada época

Si el buen gusto lo decide la élite de cada momento, se entiende que el del siglo XVII no sea el del siglo XXI. El ejemplo más claro es la Revolución francesa. Antes, los encajes, las sedas, los colores vivos y las pelucas de la corte eran signo de poder aristocrático y, por tanto, de buen gusto. Después, la nueva burguesía repudió todo eso por frívolo y asociado al antiguo régimen; vestirse así podía, literalmente, costarte la vida.

¿Qué hizo la nueva élite? Construir su uniforme con los códigos que antes eran de mal gusto: los de quien trabaja. Colores neutros, tejidos resistentes, cortes que dejan moverse. Como quienes los llevaban empezaron a ser poderosos, esos códigos pasaron a ser poderosos y elegantes. El psicólogo John Carl Flügel bautizó el fenómeno en 1930, en The Psychology of Clothes, como la gran renuncia masculina: el hombre abandona el adorno y concentra la distinción en el corte y la calidad del tejido. Seguimos viviendo en ese paradigma, y por eso el minimalismo o el lujo silencioso se leen hoy como buen gusto.

Del kitsch al hip hop: quién decide lo que es hortera

Cada vez que la élite fija lo que es elegante, fija también su contrario. En el siglo XIX, frente a la obsesión burguesa por la funcionalidad, el traje y el esmoquin, aparece el kitsch, una estética de la imitación, la teatralidad y la emoción fácil. La palabra, según la versión más aceptada, nació en los mercados de arte de Múnich de la década de 1860 para nombrar cuadros baratos y vendibles (Encyclopedia.com). En moda, el kitsch es el diseño caro copiado en materiales baratos: el sucedáneo que permite a las clases medias tener algo que parezca de alta gama y que la élite lee como falta de educación.

En los noventa, la contención burguesa encuentra su gran expresión moderna en el minimalismo de Jil Sander o Calvin Klein. Y frente a él, el streetwear del hip hop: logos enormes, cadenas gruesas, chándal, zapatillas, ostentación de materiales y colores.

El uso que hacían los raperos […] no era un acto de ignorancia estética, sino una reversión intencionada de la distinción, era un golpe sobre la mesa.

— María José Pérez, periodista de moda y fundadora del Club DModa

Usar lo que la burguesía llamaba vulgar para expresar el éxito en sus propios términos: eso también es gusto, y del más consciente. La misma lógica explica por qué lo feo se volvió deseable con el ugly chic.

Momento Buen gusto (la élite) Mal gusto (lo descalificado)
Corte francesa, siglo XVIII Encaje, seda, color, pelucas Ropa de trabajo, funcional
Tras la Revolución francesa Traje sobrio, neutros, tejido de calidad El exceso aristocrático, por frívolo
Siglo XIX El uniforme burgués El kitsch: imitación y teatralidad
Años noventa Minimalismo, ausencia de adorno Logo, ostentación, streetwear
Hoy Lujo silencioso, «normalidad» cara Lo que se ve demasiado

El lujo silencioso y la trampa de la renuncia

María José recomienda leer a la escritora británica Nathalie Olah, autora de Mal gusto. La política de lo feo (Debate, 2025), y resume así su tesis: el buen gusto actual ha llegado a la renuncia total, y la invisibilidad es hoy el mayor signo de distinción. El lujo silencioso no distingue solo por lo que cuesta, sino porque únicamente quien tiene la posición social confirmada puede vestir «normal» sin que se le juzgue. La normalidad es un lujo que necesita una base económica sólida para leerse como confianza y no como necesidad.

María José añade otra idea que nos parece clave: el normcore no se vinculaba a la música, el arte ni el cine, a diferencia del grunge o del indie, que eran formas de plantar una bandera. Se presentaba como una calidad indiscutible, por encima del juicio. Y lo que no se puede discutir empobrece el pensamiento. Por eso, en el Club, desconfiamos de cualquier lista de «prendas de buen gusto»: suelen ser el uniforme de una clase con aspecto de verdad universal. Pasa lo mismo cuando se discute entre maximalismo o minimalismo: ninguno de los dos es más elegante por naturaleza, solo uno tiene hoy mejor prensa.

¿Se puede aprender a tener buen gusto?

Sí, y la sociología es precisamente la buena noticia: si el gusto fuera innato, no habría nada que hacer. Bourdieu explica que los gustos se aprenden en la infancia y en la primera juventud, dentro de la familia y del entorno, y que por eso arraigan tanto: forman parte de nuestro sistema de creencias y cuesta revisarlos. El gusto que tienes hoy no es una sentencia, es un aprendizaje, y lo aprendido se amplía.

Lo que conviene matizar es qué quieres aprender. Puedes estudiar los códigos dominantes (los neutros, el ajuste impecable, la contención) y es útil hacerlo: sirven en una entrevista, en una boda, en una reunión. Pero si solo aprendes eso, acabas con un gusto correcto y prestado. Lo que de verdad distingue un look es otra cosa: que tus decisiones respondan a un criterio que puedes explicar. Cómo traducir lo que has leído y visto en prendas lo desarrollamos en moda y capital cultural; aquí vamos a los hábitos que construyen ese criterio.

Cómo cultivar un gusto propio al vestir

Mira mucho, y fuera de tu burbuja

El gusto se entrena con exposición. Mira desfiles, archivo, películas, cuadros, gente por la calle, y busca deliberadamente lo que el algoritmo no te pone delante: otras épocas, otras geografías, otras clases sociales. Si todas las referencias que consumes son las mismas fotos de las mismas mujeres en el mismo París, tu gusto será el de todas. Un consejo de la casa: ninguna referencia es mala por su origen, lo que cuenta es lo que haces con ella.

Pregúntate de dónde viene cada «eso es hortera»

Cuando algo te parezca de mal gusto, para un segundo. ¿Te desagrada a ti, o has aprendido que desagrada? Muchos rechazos son códigos de clase heredados: el dorado, el estampado animal, el logo, el chándal fuera del gimnasio. No hace falta que te empiecen a gustar, pero saber de dónde vienen te deja elegir en lugar de obedecer.

Edita: pocas ideas y una jerarquía

Tener criterio se nota más en lo que quitas que en lo que pones. Un look con una idea clara (un color protagonista, una prenda con presencia, una proporción) se lee como intencional. Es la base de los cinco fundamentos de un look y de los principios de la elegancia que repasamos en cómo vestir elegante sin parecer disfrazada: ajuste, pocos elementos, coherencia.

Encuentra tu hilo conductor

Un gusto propio tiene constantes: una paleta, unas texturas, unas siluetas que vuelven. Identificarlas es el trabajo de definir tu estilo personal, y los arquetipos de estilo ayudan a ponerles nombre sin encerrarte en ellos.

¿Existen errores de gusto al vestir?

Existen errores, pero casi nunca son de gusto. Lo que se percibe como «vestir mal» suele ser de ejecución: una talla que no es la tuya, un largo que corta la proporción, un tejido que hace bolas, un look que ignora el contexto (el código de una boda, de una entrevista). Eso se arregla con técnica, no con un gusto nuevo.

El otro error real es el disfraz: llevar una estética que no significa nada para ti porque alguien ha decidido que es la correcta. Ocurre con el lujo silencioso copiado a golpe de básicos beis y ocurre con la estética «intelectual» de catálogo. El resultado puede ser impecable y, aun así, no decir nada.

Lo que no es un error es llevar color, brillo, logo o volumen. Eso es una posición estética, y desde el hip hop hasta el ugly chic la moda ha demostrado que lo que hoy se llama mal gusto mañana puede ser vanguardia. Si quieres comentar tus dudas con María José y otras socias, es justo el tipo de conversación que tenemos en el Club DModa, donde está el vídeo completo sobre buen y mal gusto.

El buen gusto, al final, no es tener razón sobre lo que es bonito. Es saber por qué eliges lo que eliges, y poder sostenerlo.

Preguntas frecuentes

¿Cómo tener buen gusto?

Mirando mucho y variado, preguntándote por qué te gusta o te disgusta cada cosa y editando tus looks hasta que respondan a una idea clara. El gusto se aprende: no depende de lo que gastas, sino del criterio que construyes con el tiempo.

¿El buen gusto se nace o se hace?

Se hace. Pierre Bourdieu sostiene en La distinción (1979) que el gusto es fruto de la posición social, la educación y el capital cultural, y que se aprende sobre todo en la infancia. Por eso cuesta cambiarlo, pero se puede ampliar.

¿Qué es tener mal gusto vistiendo?

Lo que se etiqueta como mal gusto suele ser el gusto de otro grupo social, no un error estético. Los fallos reales son de ejecución (talla, proporción, contexto) o de disfraz: llevar algo que no significa nada para ti.

¿Qué libro de Bourdieu habla del gusto?

La distinción. Criterio y bases sociales del gusto, publicado en francés en 1979 por Éditions de Minuit y editado en España por Taurus en 1988. Su tesis es que el buen gusto es el gusto de la clase dominante.

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