Maximalismo o minimalismo: qué dice cada uno de ti

Maximalismo o minimalismo: qué dice cada uno de ti

El más es más vuelve tras años de beige y lujo silencioso. Por qué la moda alterna exceso y contención desde la Revolución francesa, y qué comunica hoy cada opción.

28 de septiembre de 2026

Redacción DModa, a partir de una clase del Club DModa

El maximalismo en moda es la estética del más es más: color, estampado, volumen, capas y referencias mezcladas sin miedo. Vuelve ahora tras años de minimalismo y lujo silencioso, y no por casualidad: la moda lleva siglos alternando exceso y contención, y cada fase dice algo distinto de quien la lleva.

María José Pérez, periodista de moda y fundadora del Club DModa, suele decir que la moda es un espejo de la sociedad, pero que también funciona como un sismógrafo cultural: registra las tensiones, las aspiraciones y las ansiedades de una época. Por eso este regreso no es una simple vuelta al pasado. Es una conversación con la historia, con nuestras necesidades psicológicas y con la forma en que hoy comunicamos estatus e identidad.

¿Qué es el maximalismo en moda (y qué es el minimalismo)?

El maximalismo es la estética que suma: más color, más estampado, más textura, más volumen, más referencias. El minimalismo es la que resta: pocas piezas, líneas limpias, colores neutros y una promesa de orden y funcionalidad que durante años se ha asociado al buen gusto, al lujo y, por tanto, al alto poder adquisitivo.

El maximalismo que vemos hoy, explica María José, no es el de los ochenta. Aquel era muy colorido pero muy estructurado. El actual es más relajado, más ecléctico, más fragmentado y más personal: mezcla décadas, estilos y referencias culturales con libertad, incorpora la sostenibilidad cuando puede y es menos un uniforme de poder que un collage de identidad.

¿De dónde viene la idea de que lo sobrio es de buen gusto?

De la Revolución francesa y del ascenso de la burguesía. El rechazo a la opulencia aristocrática de Versalles trajo la gran renuncia masculina, el momento en que los hombres ricos de Occidente abandonaron el color y el ornamento, un fenómeno que el psicólogo John Flügel bautizó en 1930. El traje oscuro y funcional se convirtió en símbolo de virtud republicana, racionalidad y rectitud moral, mientras que en el Directorio todavía convivía con estilos llamativos como los de los Increíbles y las Maravillosas.

La masculinidad burguesa quedó alineada con la sobriedad y con la idea del buen ciudadano, y eso caló muy hondo en la cultura occidental. El ornamento y el color quedaron relegados a lo femenino, y se convirtieron en otra manera de exhibir la bonanza económica de una familia. Lo sobrio pasó a ser lo serio; lo adornado, lo frívolo. Esa jerarquía sigue operando cada vez que alguien dice que un look recargado es de mal gusto.

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El péndulo del siglo XX: exceso y contención

A lo largo del siglo XX, la alta costura se mantuvo como reducto de ornamento y teatralidad, mientras el prêt-à-porter democratizaba la moda priorizando la funcionalidad: no se puede sostener el mismo nivel de adorno cuando la producción tiene que ser más rápida y con máquinas. Y en las últimas décadas el ciclo se acelera.

Los ochenta fueron un crisol de contradicciones. El auge del neoliberalismo y de la cultura yuppie impulsó una estética de ostentación y poder, la del power dressing y las hombreras marcadas, con licencias teatrales como los primeros trabajos de Versace o la casa de alta costura que Christian Lacroix abrió en 1987. Pero también hubo recesión, con la crisis de la deuda latinoamericana de 1982, y más polarización entre clases. Mientras el dinero reformulaba el uniforme burgués, las subculturas abrazaban lo que se consideraba de mal gusto: los New Romantics, Vivienne Westwood, Jean Paul Gaultier, la customización, la androginia y el vintage como declaración política.

Los noventa giraron la aguja. El exceso ochentero empezó a juzgarse también en lo moral, como superficial o decadente, y con la recesión de principios de década llegaron el grunge y el minimalismo de Calvin Klein, Helmut Lang o Jil Sander. María José añade un contexto que se suele olvidar: la crisis del sida y el pánico moral que estigmatizó a colectivos y círculos artísticos donde la estética era más libre y teatral pudieron hacer que la contención pareciera, consciente o inconscientemente, más segura. En paralelo, Rei Kawakubo, Yohji Yamamoto o Martin Margiela proponían un minimalismo más deconstruido y andrógino.

Los dos mil recuperaron cierto exceso, con logos y optimismo de cambio de milenio, hasta la crisis de 2008. Quien podía se refugió en el minimalismo de lujo, como el de Céline bajo Phoebe Philo, entre 2008 y 2018; quien no, en la llamada estética de la recesión que copiaron las grandes cadenas.

¿Por qué vuelve el maximalismo ahora?

Porque seguimos en una época poscrisis y el maximalismo funciona hoy más como escapismo e identidad que como exhibición de dinero. María José encuentra similitudes con los ochenta, pero también diferencias: arrastramos la crisis de 2008, la precariedad laboral, sobre todo la juvenil, la desigualdad, la inflación y la economía de los trabajos temporales. Si en los ochenta el exceso podía ser una muestra de poder económico, real o aspiracional, hoy se apoya en el vintage, la segunda mano y la customización.

Y ahí está el cambio de fondo: sigue siendo un símbolo de estatus relacionado con el dinero, pero no por tener muchos ceros en la cuenta, sino por tener tiempo. La hiperconectividad, la polarización, los movimientos identitarios y la crisis climática lo impregnan todo, y el maximalismo se usa para celebrar la diversidad, como activismo visual o como expresión de identidades fluidas. Aunque, a medida que llega a las pasarelas de lujo y gana relevancia en redes, el mainstream vuelve a absorberlo y deja de ser algo marginal.

¿Qué dice de ti cada estética?

El minimalismo dice que no necesitas demostrar nada; el maximalismo actual, que tienes tiempo y criterio para construir algo propio. En los ochenta y los dos mil el estatus se enseñaba con la marca y el logo. Hoy se valora la habilidad para encontrar piezas únicas, vintage, artesanales o de diseñadores emergentes, la maestría para combinar elementos dispares con intención y coherencia, y el capital cultural para jugar con referencias. Es el mismo movimiento que describimos en el nuevo lujo del capital cultural.

Ahora el estatus ya no reside solo en poseer, sino en la capacidad de curación personal.

— María José Pérez, periodista de moda y fundadora del Club DModa

Minimalismo Maximalismo actual
Qué promete Orden, funcionalidad, calma Alegría, singularidad, estímulo
Código de estatus No necesitar demostrar nada Tener tiempo y cultura para curar
De dónde bebe Gran renuncia masculina, años noventa, lujo silencioso Años ochenta, subculturas, vintage
Su riesgo Uniformidad y exclusión de clase Acumulación y disfraz
Qué transmite Control y discreción Criterio propio y gusto por el juego

Detrás del auge maximalista hay además motivos psicológicos: buscamos alegría y optimismo contra la ansiedad ambiental, como en el dopamine dressing; reafirmamos la individualidad frente a la uniformidad; necesitamos texturas y volúmenes que nos reconecten con lo físico en un mundo cada vez más digital, y que a la vez nos hagan destacar en una pantalla pequeña; recurrimos a una nostalgia reconfigurada que da confort, y construimos un universo estético propio como forma de orden cuando fuera todo parece caótico. El minimalismo tiene su propia genealogía, que contamos en qué es el normcore.

Cómo llevar el maximalismo con intención

Con curación, no con acumulación. El maximalismo de los ochenta se asocia a un consumo salvaje, pero hoy, con lo que sabemos del impacto de la industria, puede leerse de forma más consciente: una selección cuidada de prendas que no tienen por qué ser básicas, pero sí responder a tu mensaje. De ahí el peso del vintage, la segunda mano y la personalización, y de comprar con autoconocimiento, apoyando sistemas alternativos a la producción masiva o marcas emergentes que apuestan por la durabilidad. Si quieres empezar por ahí, tienes las claves en cómo comprar vintage sin equivocarte, y el mapa del resto de estéticas en nuestra guía de estilos de moda.

Este análisis sale de un especial sobre el maximalismo del Club DModa, la comunidad de pago de DModa donde se profundiza en lo que hay detrás de lo que ves en escaparates, redes y calles.

El buen gusto también es una moda

Desafiar la idea de que lo sobrio es elegante y lo exuberante, vulgar, no te obliga a elegir bando. Te devuelve algo que el minimalismo, con toda su calma, a veces nos quitó: el lado lúdico de vestirse.

Preguntas frecuentes

¿Qué es el maximalismo en moda?

Es la estética del más es más: color, estampado, volumen, capas y mezcla de referencias. El maximalismo actual es más ecléctico y personal que el de los ochenta, y se apoya en el vintage, la segunda mano y la customización.

¿Qué significa ser maximalista?

En moda, significa vestirse sumando en lugar de restando: combinar colores, estampados y texturas con intención. Hoy se asocia menos a gastar mucho y más a tener criterio y tiempo para encontrar y combinar piezas.

¿Se puede ser maximalista y minimalista a la vez?

Sí. Muchas personas tienen una base minimalista de prendas neutras y la usan como lienzo para piezas maximalistas, o alternan según el momento y el contexto. Las dos son formas de comunicar, no identidades cerradas.

¿Qué es el maximalismo curado?

Es un maximalismo basado en la selección y no en la acumulación: pocas piezas con mucha personalidad, elegidas con intención, a menudo vintage, de segunda mano o de diseñadores emergentes. La clave está en que cada pieza responda a tu mensaje.

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