Tribus urbanas actuales: ¿existen o son estéticas -core?

Tribus urbanas actuales: ¿existen o son estéticas -core?

Del teddy boy al grunge, cómo se construían los códigos de las tribus urbanas, qué pasa cuando la moda se los apropia y por qué hoy parece que solo quedan estéticas con nombre en inglés.

27 de octubre de 2026

Redacción DModa, a partir de un vídeo del Club DModa

Forma parte de la guía de estéticas y estilos: Estilos de moda: guía de estéticas y cómo llevarlas

Las tribus urbanas actuales siguen existiendo, pero se reconocen peor: sus códigos se aprenden en minutos, la moda los absorbe en semanas y ya no necesitan un local para reunirse. Las estéticas «-core» no las han sustituido: son su versión de consumo. Debajo siguen los uniformes generacionales, los fandoms y las escenas pequeñas.

¿Qué son las tribus urbanas y las subculturas?

Una tribu urbana es un grupo, casi siempre joven, que comparte códigos de estilo, música y lugares para distinguirse de la cultura dominante. La palabra «subcultura» es la académica; «tribu urbana», la que popularizaron los medios. Si tienes más de 35 años, la lista te sale del tirón: mods, punkis, góticos, heavies, grunge, bakalas, canis. María José Pérez, que dedica a esto un vídeo del club, pone a los canis como un ejemplo maravilloso de código compartido.

El texto de referencia es Subcultura. El significado del estilo, de Dick Hebdige, publicado en 1979. Hebdige estudió a teddy boys, mods, skinheads y punks, y leyó su ropa como una forma de producir significado y, a veces, de resistencia.

Es la misma lógica que explicamos en moda y capital cultural, con una diferencia: aquí el capital no es solo tuyo. Es compartido, y lo administra el grupo.

Cómo se construían los códigos: bricolaje y tres patas

Hebdige llamó bricolaje a la operación central de toda subcultura: tomar objetos que ya existían y cambiarles el significado. El ejemplo canónico es punk: el imperdible que sujetaba una tela acaba atravesando la oreja. María José prefiere decir «recontextualizar».

Ese gesto no flotaba en el aire. En el club lo resumimos en tres patas:

  • Música. Casi todas las escenas juveniles tenían su banda sonora.
  • Un lugar físico. No todas, pero muchas compartían bares, clubes o tiendas donde encontrarse con los suyos.
  • El coste de pertenecer. Comprar el disco, pero también tiempo para buscarlo, encontrar el sitio y aprender los códigos. Y aguantar las malas caras por vestir distinto.

En 1995, la socióloga Sarah Thornton puso nombre a ese saber en Club Cultures: capital subcultural, una variante del capital cultural de Bourdieu. Saber qué disco merecía la pena, a qué DJ ir a ver, qué se llevaba y qué no daba estatus dentro de la escena. El mecanismo es el del lujo silencioso: que te reconozcan solo los que tú quieres, y que los demás se queden fuera.

Cuando los de fuera no entienden el código: el léxico del grunge

La prueba de que un código funciona es que los de fuera no lo descifran. La anécdota perfecta es de 1992. El 15 de noviembre, The New York Times publicó un reportaje sobre el grunge con un recuadro, «Lexicon of Grunge», para traducir su jerga. El periodista había llamado a Megan Jasper, que había trabajado en Sub Pop, el sello que lanzó a Nirvana, y ella se inventó las expresiones sobre la marcha.

El periódico lo publicó tal cual. En su número de invierno-primavera de 1993, la revista The Baffler destapó la broma y Jasper la reconoció, según recoge la Wikipedia. Es el retrato exacto de un medio que intenta explicar un código juvenil que no entiende y acaba publicando una caricatura.

María José ve lo mismo en fenómenos recientes como las batallas de aura: desde fuera parecen ridículas; dentro, son absolutamente normales. Y los de dentro no tienen ningún interés en que los de fuera lo entiendan. Ese par de reconocimiento y exclusión es lo que da al grupo su sentido y su identidad.

Tribus urbanas de los 50 a los 90: tabla de códigos

Casi todas las tribus urbanas clásicas repiten un gesto: recuperar un estilo existente y darle un sentido propio, en contra de los mayores. Ningún hijo quiere parecerse a su padre.

Tribu Década y origen Códigos de estilo Qué queda hoy
Incroyables y Merveilleuses Años 1790, París del Directorio Exageración de la moda de la época como provocación La colección de graduación de John Galliano en 1984
Teddy boys Años 50, Londres, clase obrera Traje eduardiano de chaqueta larga, pantalón pitillo, creepers, tupé El tupé y las creepers del rockabilly
Beatniks Finales de los 50 Negro, cuello alto, cuero El jersey negro de cuello alto, la chaqueta de cuero
Mods Finales de los 50, Londres Traje italiano entallado, solapa estrecha, scooter La sastrería estrecha y el gusto por el detalle
Punk Mediados de los 70, Londres Imperdibles, cuero, tartán, ropa rota Las tachuelas y el cuero en pasarela
Grunge Finales de los 80 y principios de los 90, Seattle Camisa de franela a cuadros, vestido lencero con botas, gorro de punto El vestido lencero con bota, cada pocos inviernos

Según el London Museum, los teddy boys fueron la primera subcultura juvenil británica; los mods nacen a finales de los 50 entre fans del jazz moderno. Cuándo vuelve cada una lo marca el ciclo de la moda.

Qué pasa cuando la moda se apropia de una tribu urbana

Cuando la moda se apropia de una tribu, la convierte en producto y le quita capacidad de provocar. Hebdige lo llamó incorporación. Según María José, suele seguir tres pasos: primero se ridiculizan los códigos, luego se copian y al final se venden.

A veces el sistema recula. Yves Saint Laurent llevó la estética beat a la alta costura de Dior en otoño-invierno de 1960. El Met conserva la chaqueta «Chicago», de cocodrilo negro con ribetes de visón, que cita las cazadoras de motorista. La colección, recuerda María José, no gustó ni a la crítica ni a las clientas.

En la primavera-verano de 1993, Marc Jacobs subió el grunge a la pasarela de Perry Ellis: cuadros, vestidos lenceros con botas, gorros de punto. Lo despidieron y la línea no llegó a producirse; Courtney Love contó que ella y Kurt Cobain quemaron las muestras que les mandó, según Dazed. Antes, en diciembre de 1992, Vogue ya le había dado «Grunge & Glory», de Steven Meisel y Grace Coddington: el salto al mainstream de un estilo nacido contra la moda arreglada.

El punk tuvo su tienda: SEX, de Vivienne Westwood y Malcolm McLaren, en el 430 de King's Road, abierta con ese nombre en 1974.

¿Las han sustituido las estéticas «-core»?

No del todo: una estética «-core» es la forma que toma una tribu cuando el mercado llega antes que la comunidad. El Consumer Aesthetics Research Institute (CARI) define la estética de consumo como un movimiento visual unido por actitudes y temas generales, que ha durado o se ha hecho lo bastante popular como para que el capital se lo apropie. Ese listón, añade, no deja de bajar: la apropiación forma parte de la definición.

De ahí los nombres que suben y caen en semanas, del tenniscore y el blokecore al whimsigoth. Pero una subcultura no muere cuando las marcas se fijan en ella.

Dos debates alimentan la sensación de vacío. Un informe de McKinsey de noviembre de 2018, hecho con una encuesta en Brasil, propuso llamar a la generación Z «nómadas de la identidad»: gente que experimenta en vez de encajar en un estereotipo. A María José le hace gracia: no querer encajar en un estereotipo ya es un estereotipo. Y W. David Marx sostiene en Blank Space, publicado en noviembre de 2025, que la innovación cultural radical se ha vuelto menos frecuente. Es una tesis discutida.

Por qué hoy se reconocen menos las tribus urbanas

Las tribus urbanas se reconocen menos porque han cambiado las tres patas que las sostenían.

  • El coste de acceso ha caído. En minutos encuentras cientos de tableros de Pinterest, videotutoriales que explican una subcultura y hasta la lista de prendas clave para empezar. Un código accesible distingue menos, aunque conocer una estética y formar parte de ella sigan siendo cosas distintas.
  • La velocidad. La incorporación que antes tardaba años hoy ocurre en semanas. El sistema absorbe a la comunidad antes de que madure, y muchas posibles tribus se quedan en producto.
  • El lugar. Kyle Chayka describe en Filterworld (2024) cómo el algoritmo uniformiza el gusto; lo mismo puede hacer con los sitios, que se masifican antes de ser el punto de encuentro de nadie.

«Las comunidades digitales me parecen igual de reales que las comunidades físicas. Simplemente tenemos que ser conscientes de que esos lugares de encuentro han cambiado y que, por tanto, la experiencia también va a ser ligeramente diferente.»

María José Pérez, periodista de moda y fundadora del Club DModa

¿Qué tribus urbanas existen hoy en día?

Hoy hay neotribus, uniformes generacionales y fandoms, más que tribus cerradas. En 1988, el sociólogo Michel Maffesoli habló de neotribus en El tiempo de las tribus: pertenencias flexibles, en las que una persona participa en grupos distintos según el momento. Internet lo ha vuelto la norma, y a María José le da paz: te puede gustar el grunge y otra música sin meterte de cabeza en ninguna.

Los uniformes siguen ahí. Cualquiera ha visto a las pandillas de adolescentes con chándal negro y el pelo muy rapado por los lados y largo arriba, un código que bebe de futbolistas y cantantes: otra vez deporte y música. O la guerra en clave de humor entre millennials y generación Z: camiseta por dentro o por fuera del pantalón, raya al lado o en medio, el emoji de la calavera en lugar del de llorar de risa.

Y están los fandoms. Las swifties tienen música, pasión común y códigos visuales, como las pulseras que se intercambiaban en la última gira de Taylor Swift. A diferencia de las tribus clásicas, no van contra nadie. Para entender quién decide qué se lleva en ese mapa nuevo, sirve cómo se crea una tendencia.

Cómo pertenecer hoy sin disfrazarte

Para tomar algo de una tribu urbana sin disfrazarte, mira si detrás de la estética hay una práctica que te interese. La música, las lecturas, una actividad: si solo te atrae la ropa, también vale, pero sabiéndolo.

El segundo es conocer el origen de lo que llevas. Saber que la chaqueta de cuero pasó por los moteros, por los beatniks y por Saint Laurent no cambia la prenda, pero sí cómo la miras y qué quieres decir con ella. Y no hay que uniformarse para pertenecer, ni pertenecer al cien por cien para disfrutar de una estética. Si dudas de cuánto durará la que te tienta, pásale el test de moda pasajera frente a tendencia o busca su lugar en la guía de estéticas.

Un ejercicio: en cada grupo al que perteneces, del club de lectura a tus amigas del instituto, busca un detalle que, visto en una desconocida, te haría pensar «esta es de las mías». Y una pregunta: ¿qué llevabas a los 16 para que te reconocieran los tuyos?

Esas respuestas, en el Club DModa, acaban en el foro, donde María José y las socias comentan cada vídeo. La tribu, al final, también era eso: alguien que entendiera lo que llevabas puesto.

Preguntas frecuentes

¿Qué tribus urbanas existen hoy en día?

Más que tribus cerradas, hay neotribus: grupos flexibles alrededor de una música, un deporte o un fandom, como las swifties, y uniformes generacionales como el chándal negro de muchos adolescentes. Las estéticas «-core» de redes son su versión más comercial.

¿Qué son las subculturas urbanas? Ejemplos

Son grupos que comparten códigos de estilo, música y lugares para distinguirse de la cultura dominante. Los ejemplos clásicos son los teddy boys, los mods, los punks y el grunge; Dick Hebdige los estudió en Subcultura. El significado del estilo (1979).

¿Cuáles fueron las tribus urbanas de los 80 y 90?

En España, los de más de 35 recuerdan sobre todo a punkis, góticos, heavies, bakalas y grunge. El grunge, nacido en Seattle, fue la que más rápido saltó a la pasarela: Marc Jacobs lo llevó a Perry Ellis en la primavera-verano de 1993.

¿Las estéticas «-core» son tribus urbanas?

No exactamente. El CARI define la estética de consumo como un movimiento visual que se ha hecho lo bastante popular como para que el capital se lo apropie. Una tribu necesita además música, lugar y tiempo para construir sus códigos.

¿Por qué parece que ya no hay tribus urbanas?

Porque aprender sus códigos cuesta minutos, la moda los absorbe en semanas y los lugares de encuentro se han vuelto digitales. Siguen existiendo, pero se reconocen menos desde fuera.

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