
Tipos de tejidos: cómo leer la etiqueta antes de comprar
Lino, algodón, lana, seda, viscosa, lyocell, nylon y poliéster: qué aporta y qué falla en cada fibra, por qué rayón y viscosa son lo mismo, qué es un ligamento y la prueba de la llama que una diseñadora hace con el poliéster.
Tipos de tejidos: cómo leer la etiqueta antes de comprar
Conocer los tipos de tejidos es lo que separa comprar por la foto de comprar sabiendo lo que te llevas. La etiqueta de composición está ahí, cosida por dentro, y casi nadie la lee porque nadie le ha explicado qué significa "52 % viscosa, 48 % poliéster". Este post es esa explicación, en la voz de la casa: sin demonizar fibras, pero sin tragarse tampoco el cuento de que todas son iguales.
La base teórica que usamos en el club se la debemos a Lucina Llorente, responsable del estudio de materiales y técnicas de la colección de indumentaria del Museo del Traje de Madrid. Lo que sigue es su esquema, con las opiniones de dos personas que viven de la tela: una diseñadora que ha declarado la guerra al poliéster y un restaurador textil que trabaja con vestidos de hace dos siglos.
Primero, fibras: naturales, artificiales y sintéticas
Antes de hablar de tejidos hay que hablar de fibras, que se dividen en dos grandes familias.
Las fibras naturales aparecen en la naturaleza y podrían usarse casi directamente como hilo. Las que nos interesan son las de origen vegetal (lino, algodón) y animal (lana, seda); las minerales se usan poco en moda.
Las fibras químicas hay que transformarlas en laboratorio, y aquí está la distinción que casi nadie hace. Las artificiales parten de una materia prima natural, normalmente celulosa de madera: viscosa, rayón, lyocell. Las sintéticas se producen a partir de derivados del petróleo: nylon, poliéster, elastano.
Esto importa porque "sintético" se usa como insulto genérico y mete en el mismo saco una viscosa, que nace de un árbol, y un poliéster, que nace de un barril. No es que una fibra sea buena y otra mala. La pregunta correcta es para qué prenda la necesitas y qué te da cada una.
Las naturales, una a una
Lino. Con nosotros desde el Neolítico. Tiñe bien, conduce el calor, así que refresca, es cómodo, transpirable y resistente a la rotura. A cambio se arruga muchísimo, tarda en secar, tiene poca elasticidad y amarillea con el tiempo. Es la fibra del verano y no pretende ser otra cosa.
Algodón. La fibra natural más polémica por el agua que exige su cultivo; el algodón ecológico certificado es la alternativa, más cara. No todo el algodón es igual: el de origen americano es fuerte y muy absorbente, ideal para toallas y albornoces; el que tradicionalmente venía de India y China da una fibra más fina, la de la ropa; y el egipcio, menos absorbente pero muy suave y fino, es el de las sábanas y camisas de gama alta. Transpira, no acumula electricidad estática, resiste el roce y no se apelmaza. Pegas: se arruga, tarda en secar, la lejía lo daña y puede amarillear.
Lana. Merina, cachemira (que es lana de cabra), vicuña, alpaca: la calidad depende del origen y del tratamiento del hilo. Recupera muy bien las arrugas, aísla del frío, transpira, es elástica, tiñe bien y tiene propiedades antibacterianas. Tarda en secar y hace bolitas, el famoso pilling. Y aquí una idea que tranquiliza: las bolitas forman parte del proceso natural de la fibra y son casi inevitables. Que salgan no significa que el jersey sea malo.
Seda. Origen chino, siglos de secreto industrial y hasta la creencia, durante mucho tiempo, de que era vegetal. Suave, flexible, elástica, de tacto inconfundible y, esto sorprende, aislante térmico: los pañuelos de seda tienen su lógica. Es delicada, resiste mal la abrasión, genera algo de electricidad estática y amarillea con la luz.
Las químicas, una a una
Viscosa y rayón. Son la misma fibra celulósica con acabados distintos: el brillante se quedó con el nombre de rayón y el mate con el de viscosa. Nació como alternativa a la seda y, para nuestra estilista, sigue siendo la mejor: textura, ligereza y caída muy parecidas. La diseñadora Nuria de Clared, que trabaja con viscosa mate, lo demuestra con un vestido de 2020 que tres veranos después sigue siendo el que más se prueban sus clientas.
Lyocell. Prima cercana del rayón, también de celulosa de madera, pero obtenida con un proceso que necesita muchos menos químicos. Por eso aparece siempre como la alternativa sostenible: biodegradable, regula la temperatura, no se arruga fácilmente, antibacteriano. Su pega es el precio, y se nota en la percha.
Nylon. DuPont empezó su producción comercial en 1939, con la idea de fabricar medias que imitaran a las de seda a un precio popular. Llegó la guerra, la fibra se destinó a uso militar y volvió después. Sus problemas son los de todas las sintéticas: posibles alergias e impacto ambiental.
Poliéster. Patentado en 1941 por los químicos británicos Whinfield y Dickson, se convirtió a partir de los años cincuenta en la fibra que arrasó la industria: barata, fácil de producir, más elástica que el nylon, se arruga poco y admite cualquier acabado. Es la fibra reina del fast fashion. Su coste es ambiental, en la producción, en cada lavado, con la liberación de microplásticos según la calidad del tejido, y en el desecho, porque no se descompone.
La opinión contraria: por qué una diseñadora no lo usa
Nuria de Clared no pone poliéster ni en la ropa interior. Su argumento no es estético, es físico: aunque digan que cada vez transpira mejor, con una camiseta de poliéster no hueles como con una de algodón, porque el tejido no respira. "Poliéster es el nombre elegante de decir plástico", resume. Y sobre el poliéster reciclado que anuncian las cadenas, matiza: se recicla el que viene de botellas o envases, no el de prendas, que pierde demasiada calidad al volver a hilarse, y aun así el hilo resultante no iguala al de primera producción.
Su prueba favorita es la de la llama, que hizo delante de la cámara: el algodón arde rápido, con llama limpia, y huele a papel quemado; el poliéster arde despacio, se derrite en una bola, se apaga solo y huele fatal. Su pregunta final es incómoda: si la ropa de bebé se hace en fibras naturales precisamente por esto, ¿por qué te las pones tú? No hace falta quemar nada en la tienda. Basta con leer la etiqueta.
Tejidos: el ligamento, la urdimbre y la trama
Vaquero, raso, satén, sarga: eso no son fibras, son ligamentos, la forma en que se entrelazan los hilos. Los hilos verticales, paralelos, son la urdimbre; los que los cruzan en horizontal son la trama. Según cómo pasa la trama por la urdimbre se obtiene un tejido u otro, y por eso el mismo algodón puede ser una camisa fina o un pantalón robusto.
Los tres ligamentos simples que verás siempre:
- Tafetán: el más sencillo, alternando un hilo por encima y otro por debajo. Tejido muy resistente.
- Sarga: escalonado, forma rayas en diagonal. También muy resistente; es el de los pantalones y las chaquetas más armadas. El vaquero es una sarga.
- Raso y satén: la urdimbre pasa por encima de varios hilos de trama y deja esa superficie lisa y brillante. El raso suele hacerse con seda, nylon o poliéster; el satén, con algodón o rayón.
El punto es otro mundo: se teje en telares circulares formando mallas, no cruzando hilos, y por eso estira. El canalé que tanto gusta para faldas y vestidos ajustados es un tipo de punto.
Dos ideas prácticas que salen de aquí. La densidad de un tejido es el número de hilos de urdimbre multiplicado por las pasadas de trama por centímetro: a más densidad, más cuerpo. Y el corte: si la prenda se corta al hilo, siguiendo la urdimbre, tiene caída estructurada; si se corta al bies, en diagonal, gana vuelo y movimiento. Es el secreto de los vestidos de Madame Vionnet.
Qué tejido comprar según la prenda
Esta es la síntesis que hacemos en el club y que puedes llevarte a la tienda:
- Verano y contacto con la piel: lino, algodón, viscosa, lyocell. Lo que transpira.
- Abrigo y punto: lana y sus variantes. Asume las bolitas como parte del trato.
- Fluidez y caída de seda sin precio de seda: viscosa o lyocell.
- Prendas técnicas, medias, forros, algo de elasticidad: ahí las sintéticas tienen sentido, y las mezclas se usan tanto para abaratar como para conseguir acabados concretos. Lee el porcentaje: no es lo mismo un 5 % de elastano en un vaquero que un 100 % poliéster en una blusa.
Y una regla de oro que comparten la diseñadora y el restaurador: toca. Pablo Portillo, conservador textil y cofundador de Firta, un taller especializado en tejidos históricos, lo dice sin rodeos: para saber si un tejido es bueno necesita tocarlo, notar el grosor, la contextura, el ligamento, incluso olerlo, porque lo sintético huele. Sus tres enemigos de cualquier tejido, natural o no, son la temperatura, la humedad y la luz. Ya sabes por qué la chaqueta oscura que dejaste junto a la ventana perdió el color.
Curiosamente, cuando le preguntamos con qué fibra se quedaría, no eligió la seda. Los vestidos del siglo XIX hechos con seda cargada, tratada químicamente para darle cuerpo y brillo, se conservan hoy peor que piezas anteriores. Él se queda con el algodón y el lino: mejor envejecimiento, más resistencia, menos sensibilidad a la humedad. Hay algodones tan finos que parecen seda y otros tan gruesos que parecen lana.
Este post es la continuación natural de nuestra guía sobre cómo saber si una prenda es de calidad: allí se mira la confección; aquí, la materia. Y si quieres que lo que compras dure, el siguiente paso es cuidar la ropa como una estilista.
Todo esto sale de una de las clases del Club DModa, con la tabla de fibras y mezclas y la demostración completa en vídeo. La próxima vez que estés en un probador, dale la vuelta a la prenda y busca la etiqueta. Ya sabes leerla.
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